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Se había enamorado
de una Gosde, que en el idioma turco significa <<aquelia sobre la
que se han fijado los ojos de aiguien>>;
y los ojos en cuestión eran los del sultán Ibrahim, el décimo octavo
sultán del Imperio Otomano, el Padisha en persona.
No es que él pudiera rivalizar
con el Sultán en el amor de una joven del harén; porque ¿quién se iba
a atrever a desafiar al Sultán, al Ghazi de este mundo, que tenía como
compañeros el poder de AIá y los milagros del Profeta, en cuyo nombre
se lela el hutbe en La Meca y en Medina, que reinaba en Bizancio y cuya
flota dominaba los mares de Europa y de la India?
Además, Jaja era un eunuco negro con la nariz chata
y un cuerpo gordo en forma de pera.
Su categoría en la administración del harén era
la de Mussahib, un miembro de un grupo pequeño de eunucos negros cuyas
principales obligaciones eran las de actuar de enlace entre el Sultán
y su madre, la Sultana Validé, la reconocida señora del harén. Y como
tal, estaba a la absoluta disposición del jefe de los eunucos negros,
el Kiziar Agá, el arno de las mujeres y con frecuencia el.verdadero
poder detrás del trono.
De su infancia, recordaba un día con más claridad
que ningún otro: un día soleado, un espacio abierto en la selva, rodeado
de chozas con tejados de paja y él, un niño de diez u once años (nadie
contaba los años en África), jugando con otros niños a un juego de caza,
con la cara pintada y una lanza de madera. Fue precisamente cuando estaba
intentando esconderse detrás de una de las chozas, cuando se encontró
cara a cara con un negrero árabe, que estaba prendiendo fuego a la choza
con una antorcha. Apenas tuvo tiempo de tragar saliva, atemorizado,
cuando el negrero extendió la mano y le agarró por la garganta, dejándole
sin aliento.
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